Mangosta no come cocodrilo (Parte I). Por Fabián Escalante Font

Próximamente  se cumplirán 55 años de la “crisis de octubre” o “crisis de los misiles soviéticos en Cuba de 1962”, que estuvo antecedida por la “operación Mangosta”, el proyecto subversivo y terrorista de mayor dimensión y envergadura que el gobierno de Estados unidos y todas sus Agencias hubiese emprendido hasta entonces. Sin embargo, en la memoria de los estudiosos y analistas del tema, solo ha quedado el episodio de los misiles y sus consecuencias, sin explicar o comprender cuáles fueron las causas y orígenes de aquel conflicto que puso al Mundo al borde del holocausto nuclear. Por ello, con éste artículo, iniciamos una serie de textos para analizar aquellos acontecimientos y colocarlos en su justa dimensión histórica, política y operativa.

El título alude imaginariamente, al combate entre dos poderosos animales,  la mangosta norteamericana con todos los recursos materiales, militares y científico técnicos a su favor y el cocodrilo cubano,  que sumergido en el agua y armado con sus poderosas fauces, cabalgado por Fidel  se tornaría invencible,  derrotándolos una vez más.

El 30 de noviembre de 1961 el presidente John F. Kennedy, en correspondencia con la sugerencia de la Comisión Taylor, aprobó el Proyecto Cuba u Operación Mangosta, un vasto programa subversivo que, con la participación de casi todos los organismos gubernamentales norteamericanos, perseguía el derrocamiento del gobierno cubano. Al unísono, el Departamento de Defensa recibió la orden de incluir en sus planes de guerra a la isla caribeña. Las principales ciudades cubanas se colocaron en la mira de los poderosos misiles nucleares norteamericanos. El general Edward Lansdale,[1] un especialista del Pentágono en guerra antisubversiva, fue designado para dirigir la nueva operación, mientras que se creó dentro del Consejo de Seguridad Nacional un grupo especial (SAG) bajo el comando directo del fiscal general Robert Kennedy, encargado de aprobar, supervisar y controlar las acciones.

A finales de 1961, el “frente interno” estaba desmoralizado y duramente afectado por las detenciones y los golpes propinados por la Seguridad cubana. Habían visto desvanecer las esperanzas de derrocar la Revolución después de los fracasos de las operaciones de la CIA Patty y Liborio. Sus dirigentes comenzaron a estudiar la alternativa de replegarse en unos casos, y en otros de abandonar la lucha. En definitiva, razonaban, si los norteamericanos, con todo su poderío, nada habían podido contra la Revolución, ellos, con las escasas fuerzas que les quedaban, sin dinero y recursos, poco podrían hacer.

Las principales organizaciones contrarrevolucionarias, entre las que se encontraban los “Movimientos” de Recuperación Revolucionaria (MRR), el Revolucionario del Pueblo, (MRP), Rescate, Demócrata Cristiano (MDC), Montecristi, el Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE) y otras, atravesaban por una crisis de mando y de fuerzas para continuar sus programas subversivos. Lo esencial: habían perdido la confianza en el poderío hasta entonces indiscutido de los Estados Unidos. En Miami circulaban rumores de todo tipo y se justificaban los fracasos y las derrotas con la excusa de la inexperiencia presidencial. Nubes negras se cernían sobre la contrarrevolución cubana y ese desaliento, como los nortes invernales que afectan el clima de la Isla, llegó a sus costas.

La contrarrevolución estaba desorganizada, pero el gobierno norteamericano no deseaba enterarse y exigía todos los días nuevas acciones contra Cuba. Desde Miami, a pesar de recibir a diario informaciones sobre la situación creada y el estado reinante en Cuba, la CIA no perdía oportunidad de organizar nuevas infiltraciones, bombardeos y sabotajes. Sobran los ejemplos: el asesinato del obrero Rubén López Sabariego en la base naval norteamericana de Guantánamo; la destrucción por un comando de la CIA de un puente del ferrocarril y un almacén de azúcar en la provincia de Oriente; los asesinatos de Manuel Ascunce, un joven alfabetizador, y del campesino Pedro Lantigua, por bandas de alzados en el Escambray, y la realización de varios bombardeos aéreos contra centrales azucareros, acciones implementadas durante los últimos meses de 1961. Trataban así de oxigenar al «frente interno» para que sirviera nuevamente como «cantera» para los planes que estaban recomponiéndose en Washington.

El general Lansdale, quien fungiera como jefe del Estado Mayor de Mangosta, sintetizó en un documento elaborado el 19 de febrero de 1962 las intenciones de los Estados Unidos respecto a la guerra que se proponían contra Cuba:

“Básicamente la operación debe traer como consecuencia la sublevación del pueblo cubano […] la sublevación necesita de un movimiento de acción fuertemente motivado desde el punto de vista político en Cuba, para que así se genere la rebelión, se oriente hacia el logro del objetivo y se saque provecho en el momento clímax. Las acciones políticas estarán asistidas por la guerra económica, con el objetivo de provocar que el régimen comunista fracase en la tarea de satisfacer las necesidades económicas de Cuba; serán también apoyadas por operaciones psicológicas, que harán que el resentimiento de las gentes contra el régimen sea cada día mayor y estarán socorridas por los grupos militares que se encargarán de darle al movimiento popular un arma de acción para el sabotaje y la resistencia armada en apoyo a los objetivos políticos […] La fase de preparación debe culminar con la organización de las acciones políticas en los sitios claves dentro de la Isla, con sus propios medios de comunicaciones internas, su propia voz para las operaciones psicológicas y su propia arma de acción (pequeños grupos guerrilleros, de sabotajes, etc.). Este debe contar con el apoyo favorable del pueblo cubano y hacer que el hecho se conozca en el exterior. El clímax de la sublevación vendrá como resultado de una acción amenazadora por parte del pueblo ante una acción del gobierno (provocada por algún incidente) o como consecuencia de un agrietamiento en el sistema de cuadros de dirección dentro del régimen, o por ambas razones […] El movimiento popular sacará provecho de este clímax, iniciando una revuelta abierta. Se ocuparán y tomarán determinadas áreas. Si fuera necesario, el movimiento popular pedirá ayuda a las naciones libres del hemisferio occidental. Si fuera posible a los Estados Unidos, quienes de común acuerdo con otras naciones americanas ofrecerán un apoyo abierto a la sublevación de los cubanos; dicho apoyo incluirá la fuerza militar en lo necesario”.[2]

Mangosta incluía un calendario de actividades que comenzaba en el mes de marzo y concluía en octubre de 1962, cuando “el apoyo militar necesario” decidiera —según los planes— el destino de la Revolución.

Una vez establecidos los objetivos generales y trazado el calendario de trabajo, como si se tratara de una planificación corriente, el SAG (Grupo Especial Ampliado del Consejo de Seguridad, por sus siglas en inglés) aprobó en lineamientos independientes las misiones priorizadas, que al final incluyeron 33 tareas relacionadas con acciones terroristas, subversivas, militares, diplomáticas, de bloqueo económico, político y comercial, guerra psicológica y bacteriológica —esta última encaminada a enfermar, mediante la introducción de una plaga, a los trabajadores azucareros y sabotear así el principal renglón económico del país.

En el contexto de este plan, el Departamento de Estado tenía sus misiones muy bien definidas. A finales de enero, Cuba era expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA) en cumplimiento de la orden recibida de los Estados Unidos; el 3 de febrero el presidente John Kennedy decretaba el bloqueo económico. El día 20, Walter Rostow, asesor presidencial, solicitó a los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tomar en cuenta las decisiones de la OEA contra Cuba a la hora de formular sus políticas. Se les pidió a los aliados prohibir el comercio voluntario de materiales estratégicos con Cuba y reducir el comercio en general con el país.

Semanas después, el SAG confirmó el calendario de las acciones para Mangosta. Su sola lectura proyecta con toda claridad sus fines y, sobre todo, cuál era el último acto de aquel proyecto infernal:

Marzo: inicio de las acciones.

Abril-julio: fortalecimiento de las actividades clandestinas.

1º de agosto: desencadenar los mecanismos para la sublevación.

Agosto-septiembre: incremento de las acciones subversivas.

Octubre: revuelta generalizada.

Finales de octubre: reconstrucción del gobierno cubano.[3]

El 3 de marzo el presidente Kennedy aprobó por orden ejecutiva la Operación Mangosta y su secuencia de actividades. Dos de sus párrafos califican de manera contundente los fines e intenciones del gobierno norteamericano de entonces:

“En el empeño para causar el derrocamiento del gobierno señalado, los Estados Unidos harán uso de los recursos nativos, internos y externos, aunque reconocen que el éxito final requerirá de una intervención militar decisiva.

“Dichos recursos nativos serán utilizados tal y como están desarrollados, para preparar y justificar esta intervención y a partir de ese momento, apoyar y facilitar la misma.[4]

Antes, el 19 de enero de 1962 se había efectuado una reunión en las oficinas de Robert Kennedy para analizar todas las propuestas gubernamentales contra Cuba. George McManus, ayudante de Richard Helms, entonces subdirector de la CIA, tomó notas que más tarde desclasificadas que confirman las ideas de Lansdale y el ambiente anticubano prevaleciente en Washington:

“Conclusión: el derrocamiento de Castro es posible […] La solución del problema cubano tiene máxima prioridad para el gobierno de los Estados Unidos. No se debe escatimar tiempo, dinero o esfuerzo personal. Ayer el presidente le indicó a Robert Kennedy que todavía no se ha escrito el capítulo final […] tiene que hacerse y se hará.[5]

Aquellas afirmaciones no eran simples amenazas motivadas por un momento de cólera. Se trataba de una verdadera guerra. El terrorismo de Estado adquirió una función preponderante dentro de la política interna y externa de los Estados Unidos hacia Cuba en momentos en que aún nadie había pensado o conversado la posibilidad de colocar misiles soviéticos en Cuba.

Paralelamente el Departamento de Defensa y el Pentágono comenzaron a elaborar el “plan de contingencia” para invadir a Cuba con sus fuerzas militares como un último acto del calendario aprobado. Probablemente entonces la inteligencia soviética conoció, a través de sus agentes infiltrados en esos organismos, los planes en marcha. Más tarde, a finales de mayo, alertó a las autoridades cubanas.

El proyecto subversivo era tan extenso como variado. Desde los primeros días de enero se puso en marcha un operativo denominado “Botín”. Mediante el uso de programaciones en La Voz de las Américas, la emisora oficial de los Estados Unidos, y otras radicadas en la Florida y audibles en Cuba, se anunciaban recompensas por el asesinato de líderes cubanos a todos los niveles. Un presidente de CDR valía cien dólares y Fidel un millón. Día tras día, semana tras semana y mes tras mes, durante aquel año las radioemisoras involucradas en el proyecto, incluida la oficial de un Estado, difundían aquel mensaje terrorista.

A lo anterior habría que sumar que a las medidas de bloqueo económico aplicadas en los comienzos de ese año se añadiría una resolución del Congreso prohibiendo a otros países exportar productos de tecnología norteamericana a la Isla y amenazándolos con cortar cualquier ayuda económica a los gobiernos que apoyaran a Cuba. El 24 de febrero Estados Unidos extendió su bloqueo a todos los embarques procedentes de cualquier país que contuvieran materias primas provenientes de Cuba. En ese propio mes se intensificaron los vuelos exploratorios sobre el territorio nacional por los aviones militares norteamericanos. De cierta manera amparaban a las avionetas que, procedentes de los Estados Unidos, realizaron bombardeos sistemáticos contra instalaciones cubanas.

En abril José Miró Cardona, líder del auto titulado Consejo Revolucionario Cubano, la organización pantalla de la CIA que sirvió de cubierta a la invasión de Bahía de Cochinos, se entrevistó con el presidente Kennedy. Expresó posteriormente a los medios de prensa “que pronto Castro sería derrocado”. El día 19 de abril comenzaron los ejercicios militares norteamericanos en el Caribe denominado Quick Kick (Patada Rápida). El supuesto táctico era derrocar a un gobierno caribeño hostil a los Estados Unidos, dirigido por un tirano de apellido Ortsac —es decir, Castro al revés. En estas maniobras participaron 40,000 mil hombres, trescientos aviones y ochenta y tres embarcaciones de guerra. Ese día el presidente Kennedy abordó el portaviones Enterprise para observar los ejercicios. Varios barcos mercantes de diferentes nacionalidades que se dirigían a Cuba fueron hostigados por buques de guerra de los Estados Unidos.

El día 27 de abril más de cincuenta personas resultaron heridas, víctimas de un sabotaje criminal a manos de varios agentes de la CIA en un almacén de productos químicos situado en la localidad del El Cotorro, cercana a la capital. El día 28, la oficina de la Agencia de Noticias Prensa Latina en Nueva York fue asaltada por contrarrevolucionarios. Resultaron heridas tres personas y se ocasionaron importantes daños materiales. También ese mes se efectuaron fuertes combates entre tropas cubanas y agrupaciones de bandidos que actuaban en los macizos montañosos del Escambray y que habían sido abastecidos intensamente mediante la vía aérea por la CIA. En los primeros días de mayo, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos rescindió formalmente la condición de nación más favorecida a Cuba. El día 12 una embarcación procedente del Norte atacó, en las costas cubanas, a una patrullera de la Marina de Guerra, asesinando a cinco de sus tripulantes. Varios aviones U-2, destinados al espionaje, sobrevolaron durante ese mes todas las regiones del país. Se emprendieron nuevas provocaciones de soldados norteamericanos en la base naval de Guantánamo, mientras continuaron los bombardeos de aviones contra objetivos industriales, los ataques piratas a nuestras costas, los ametrallamientos a lanchas patrulleras, el asesinato de pescadores, los sabotajes a fábricas y almacenes, las provocaciones desde la base naval, los vuelos exploratorios, el incremento de emisiones radiales subversivas, las avionetas que bombardeaban poblados, la infiltración de agentes y saboteadores, el secuestro de embarcaciones y la intensificación de los vuelos espías.

Se cumplía así la primera parte del calendario de acciones previsto para los seis primeros meses del año. ¿Estábamos o no inmersos en una guerra real?

Notas 

[1] Edward Lansdale (1908-1987): General de aviación. Se desempeñó en las Filipinas como especialista en guerra antisubversiva y en Viet Nam como asesor militar del gobierno colonial francés. Agente de la CIA.

[2] “The Cuba Project”. Documento desclasificado por el gobierno de los Estados Unidos sobre la Operación Mangosta.

[3] “Guidelines for Operation Mongoose”, 14 de marzo de 1962.

[4] Alleged Assassination…, cit., p. 141.

[5] Edward Landsdale: “The Cuba Project”, 18 de enero de 1962.

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