Mangosta no come cocodrilo (Parte VI y final)

Mangosta no come cocodrilo (Parte VI y final)

En su discurso ante el senado el 14 de junio de 1960, unos meses antes de ser electo, John F. Kennedy señaló  “Debemos mantener invulnerable una fuerza nuclear de represalia que no sea inferior a ninguna otra (…) debemos elaborar un programa de dispersión de bases, a la par que aceleramos el desarrollo y la producción de unos proyectiles que no puedan ser destruidos por un ataque sorpresa: Polaris, Minuteman, y proyectiles aire- tierra de largo alcance, así como incrementar nuestra producción de proyectiles Atlas…”

En 1962 los Estados Unidos tenían una superioridad decisiva en armas nucleares con respecto a la Unión Soviética. No se trataba de una balandronada del complejo militar–industrial o de campañas políticas para postular presidentes o congresistas. Su poderío en ese campo era el resultado de la carrera armamentista emprendida después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, al calor del denominado “peligro comunista”. Para nadie era un secreto la superioridad tecnológica, científica e industrial de los Estados Unidos frente a una Unión Soviética devastada por la guerra contra la Alemania fascista y por el bloqueo impuesto por Occidente a la joven revolución bolchevique desde sus inicios.

En menos de dos años, el arsenal norteamericano estaba compuesto por 229 proyectiles balísticos intercontinentales; 5 000 ojivas nucleares estratégicas y 1 500 bombarderos de largo alcance, entre los que se destacaban 600 del modelo B-52, de los cuales 400 estaban equipados con proyectiles aire–superficie y 700 del tipo B-47, mientras que sus fuerzas tácticas contaban con 2 500 aviones de caza y 500 de transporte, más 11 escuadrones de reconocimiento de la Guardia Nacional y 5 de comunicaciones. Adicionalmente, había 16 portaaviones de ataque de la Armada, con más de 400 bombarderos ligeros y 9 submarinos Polaris, capaces de lanzar 144 proyectiles nucleares de largo alcance, situados en todos los mares del planeta.

Por su parte, los soviéticos contaban con unos pocos submarinos equipados con proyectiles de corto alcance, que no podían disparar más de 100 proyectiles, dislocados en áreas muy distantes del territorio norteamericano. Además, 44 proyectiles intercontinentales, de los que sólo 20 eran operacionales en ese momento; 300 ojivas nucleares y 150 bombarderos estratégicos.1 La aviación de combate no tenía autonomía suficiente y sin bases extranjeras, cerca de sus previsibles blancos, resultaban ineficientes para una confrontación eventual con los Estados Unidos y sus aliados europeos.

La superioridad era indiscutida; sólo la retórica de Nikita Jruchev hacía dudar a los  halcones del Pentágono cuando afirmaba que los misiles soviéticos podían abatir a una mosca situada en el espacio. Seguramente, de conocerse la verdadera paridad nuclear, nadie habría aceptado instalar misiles en territorio propio.

El 29 de mayo de 1962, pocos días después del desmantelamiento por los servicios de seguridad cubanos, de la primera fase de Mangosta, arribó a Cuba una delegación soviética presidida por Sharaf Rashidov y Serguéi Biriúzov, uno miembro del Buró Político y otro mariscal y jefe de las fuerzas coheteriles, enviados por Nikita Jruchev para negociar con Fidel Castro la instalación de misiles con cabezas nucleares en la Isla.

Durante las conversaciones con los dirigentes cubanos, los soviéticos argumentaron los peligros que se cernían sobre la Revolución Cubana motivados por la intención manifiesta de los Estados Unidos para derrocar la Revolución. Explicaron que de aprobarse la propuesta por los cubanos los mísiles significarían una poderosa fuerza disuasiva contra estos planes.

Fidel Castro los escuchó atentamente, en tanto él mejor que nadie conocía de los planes que ya estaban en marcha y cobraban vidas e incontables recursos todos los días en el país. Adicionalmente explicaron que Jruchev proponía un tratado militar bilateral que se declararía en los meses siguientes durante una visita de éste a La Habana. Nada, por supuesto, se dijo de la correlación real de fuerzas estratégicas.

Después de esta entrevista, Fidel reunió a la dirigencia cubana y le sometió las propuestas. Luego de los análisis pertinen­tes, con el criterio de sus compañeros, dio la autorización para poner en marcha la operación. Años más tarde, en 1992, durante la reunión tripartita2, cuando explicaba los motivos que lo impulsaron a tomar aquelladecisión, explicó:

“Nosotros desde el primer instante percibimos una operación estratégica. A nosotros no nos gustaban los cohetes. Si de nuestra defensa exclusiva se hubiese tratado, nosotros no hubiésemos aceptado los proyectiles. Pero no vayan a pensar que era por temor a los peligros que pudieran sobrevenir de los proyectiles aquí, sino por la forma en que eso dañaría la imagen de la Revolución y nosotros éramos muy celosos con la imagen de la Revolución en el resto de América Latina, y que la presencia de los proyectiles, de hecho nos convertiría en una base militar soviética y eso tenía un costo político alto, para la imagen de nuestro país, que tanto apreciábamos nosotros (…) nosotros vimos en la instalación de los proyectiles algo que fortalecía al campo socialista, algo que ayudaba de alguna forma a mejorar la llamada correlación de fuerzas. Fue como nosotros lo percibimos en el acto, instantáneamente. No entramos en discusiones sobre eso, porque si entrábamos en discusiones para qué servía o no servía aquello, de hecho estaríamos nosotros negándonos a aceptar los proyectiles.”3

Para Fidel Castro estuvo claro desde el primer momento de que se trataba de una operación de una envergadura extraordinaria, muy difícil de ocultar a los servicios de inteligencia occidentales y por tanto descubrible y denunciable. Por otra parte, Cuba tenía el derecho legítimo de adquirir los medios de defensa que considerara convenientes, motivo por el cual, se insistió desde el principio en la firma de un acuerdo oficial entre ambos países que legalizara aquella decisión. En dos ocasiones dirigentes cubanos4 viajaron a la Unión Soviética con tales pretensiones; sin embargo, los soviéticos propusieron postergar el tratado para después de las elecciones en los Estados Unidos, con lo que facilitaron el descubrimiento de los misiles y el estallido posterior de la crisis.

Anadir —nombre clave de la operación— fue, en las palabras de uno de sus ejecutores, el general Anatoli Gribkov5 la mayor operación de esa naturaleza emprendida por las Fuerzas Armadas de la Unión Soviética y en general de la historia de Rusia al trasladar un grupo de tropas, a cuarenta mil efectivos allende el océano.

El total de las fuerzas trasladadas en sólo setenta y seis días incluyó la movilización de ochenta y cinco barcos que dieron ciento ochenta y cinco viajes, una división coheteril, que contaba con dos regimientos de alcance intermedio, los denominados   R-146 y tres de alcance medio, los R-12,7 que en total debían disponer de cuarenta rampas de lanzamiento para sesenta misiles. Los R-14 no llegaron a Cuba, pero los R-12 completaron su dislocación antes de la denuncia norteamericana, en las regiones escogidas del territorio nacional.

Cuatro regimientos de infantería motorizada, tres de los cuales tuvieron agregados un grupo de cohetes tácticos del tipo Luna,8 con nueve de ellos cada uno y que tenían la misión de abatir la flota naval norteamericana.

Dos regimientos alados de corto alcance FKR, con 80 cohetes que podían alcanzar sus blancos a una distancia de 150 kilómetros.

Una fuerza aérea integrada por 60 aviones Mig 21, 6 Mig 15 y un Mig 17, 42 bombarderos ligeros Il 28, de los cuales sólo se armaría media docena, un regimiento de helicópteros MI-4 y un escuadrón de aviones de transporte.

Dos divisiones de cohetes antiaéreos(SA-75), con 144 rampas de lanzamiento que podían batir sus blancos de uno a 27 kilómetros de altura con un alcance máximo de 35 kilómetros. También había dos batallones radiotécnicos para la detección de la aviación enemiga.

Las fuerzas navales estuvieron formadas por 12 lanchas Komar, artilladas con dos cohetes con un alcance de 40 kilómetros cada uno; un regimiento de cohetes tierra-mar tipo Sopka, integrado por 8 instalaciones de lanzamiento para 34 cohetes con un alcance de 80 kilómetros. Además e disponía de 7 submarinos armados con 21 cohetes R-13, a los que se les podía colocar ojivas nucleares, estaban a cargo de la custodia de los barcos y posteriormente de mantenerse en la región como medio de apoyo.

Las tropas soviéticas contaron con varias unidades independientes para el aseguramiento combativo. En total, fueron trasladados a Cuba 43 000 soldados y oficiales.9

Sin embargo, esta enorme agrupación de fuerzas y medios no pudo ser descubierta a tiempo por los servicios de Inteligencia norteamericanos ni de sus aliados de la OTAN. Cuando, el 14 de octubre, un avión U-2 de reconocimiento fotografió los misiles R-12 en la localidad de San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, ya prácticamente estaban listos los emplazamientos de los tres regimientos de esa arma. Téngase en cuenta que el primer cohete estuvo instalado para el 4 de octubre; el día 14, había cuatro más; diez días más tarde, eran veinte y, finalmente, el 25 de octubre, todos los misiles R-12 eran operacionales.

Por otra parte, las unidades soviéticas de infantería motorizada, de cohetes antiaéreos, de la Marina y la Fuerza Aérea y los campamentos para los miles de hombres que debían asegurar las armas, estaban dislocados prácticamente en todo el territorio nacional.

Desde los primeros momentos en que la dirigencia política cubana aceptó la instalación de los misiles en la Isla, un equipo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, integrado por la Dirección de Información y la Contra Inteligencia Militar, se dio a la tarea de coordinar con los organismos homólogos del Ministerio del Interior y las instituciones afectadas el desembarco, la dislocación, el aseguramiento y la protección de las tropas soviéticas.

Los misiles se desembarcaban y cargaban formando caravanas de cinco a seis vehículos, que se dirigían custodiados a los puntos de destino. Pero resultaba que nuestras carreteras eran estrechas y atravesaban poblaciones y ciudades, lo que no sólo hacía peligrar el secreto, sino también colocaba obstáculos de diferente naturaleza, por ejemplo, los postes telefónicos, el tendido eléctrico, etcétera. Las tropas soviéticas, generalmente de rasgos nórdicos, tuvieron que ser vestidas con ropas veraniegas y hacerlas pasar, siempre que se pudo, por técnicos agrícolas.

Hay que decir, en honor a la verdad, que muchísimos cubanos se percataron de que se estaba introduciendo cohetes en nuestro país, e incluso probablemente lo comentaran con sus familiares más cercanos. Sin embargo, nada se filtró, fue el secreto a voces mejor guardado. Estábamos tan amenazados por los Estados Unidos que veíamos en aquellas armas una manera de salvar la Revolución. Fue nuestro legítimo y soberano derecho.

La Agencia de Inteligencia norteamericana y otros servicios occidentales se interesaron desde el principio por aquel movimiento inusitado de barcos entre la Unión Soviética y Cuba. En nuestro país —como se ha demostrado— la CIA contaba todavía con una base importante de agentes e informantes quienes, a decir verdad, salvo excepciones, nada descubrieron.

Al menos dos agentes CIA, Conrado Bonet y Frank Emick informaron por sus medios la presencia de los misiles, solo que…. no les creyeron.

Para Cuba y, en particular, para sus Fuerzas Armadas Revolucionarias, la operación Anadir fue una prueba de organización, disciplina, madurez y astucia que no siempre ha sido reconocida. Cuando se ha analizado en eventos o conferencias internacionales este hecho, se hace especial referencia a los episodios soviético– norteamericanos y se omite intencionalmente la heroicidad de los participantes cubanos, que resultábamos los blancos potenciales de los cohetes norteamericanos y seguramente las primeras víctimas del conflicto.

1 Testimonio de Dimitri A. Volkogonov, coronel general, jefe del Instituto de Historia Militar de reunión la Unión Soviética, durante una tripartita en Moscu, 1989.

2Reunión tripartita entre académicos y actores de la Crisis de los Misiles para analizar las causas, consecuencias y lecciones de aquel evento.

3Fidel Castro, Conferencia Tripartita de La Habana sobre la Crisis de Octubre, celebrada en enero de 1992.

4 Raúl Castro, Emilio Aragonés y Ernesto Che Guevara.

5 General de ejército Anatoli I. Gribkov, quien fue jefe de la Dirección de Operaciones del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas soviéticas, que tuvo a cargo el planeamiento y la realización de la operación Añadir, en 1962.

6 Misiles intermedios R-14, cuyo alcance era de 4 600 kilómetros, y cuyo potencial nuclear era de 24 ojivas de 1,65 megatones.

7 R-12, misiles balísticos de alcance medio con posibilidades de batir blancos a 2 000 kilómetros de distancia y con una potencialidad de 36 ojivas nucleares de 1 megatón cada una.

8 Misil táctico Luna, con un alcance de 60 kilómetros y una potencialidad de 3 kilotones cada uno.

9 En las reuniones tripartitas sucedidas en estos años, se han dado versiones diferentes acerca del potencial nuclear de que disponían los soviéticos en Cuba durante 1962, generalmente acudiendo a la memoria oral, en tanto no se han aportado documentos que avalen las afirmaciones realizadas. No obstante, si sólo se tomase en cuenta las ojivas referidas a los R-12 y R-14 que estaban en Cuba y a las de los misiles tácticos Lunas, sin lugar a dudas, ellas solas significaron un disuasivo sustantivo a las pretensiones agresivas norteamericanas y también al logro de la paridad nuclear tan necesitada por la Unión Soviética. Lo importante es, que un solo misil, resulta tan peligroso como una docena de ellos, no por quien gane, sino porque quien pierde es la humanidad.

Tomado del Blog La Pupila Insomne

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