América Latina a la luz de Fidel

No está con nosotros pero su pensamiento nos acompaña. Y a  sus ideas habrá que volver una y otra vez. De ellas habrá que seguir bebiendo, como lo hacemos desde hace más de un siglo después con Martí o con Bolívar.

Y es que para «seguir» a Fidel no resulta imprescindible su presencia física. Si no bastaran sus enseñanzas en el verbo queda de cuerpo presente su obra; esa de la que nosotros, los cubanos, constituimos una gran porción.

Conste que no se trata de seguirlo solo porque se le admire. Su legado es necesario para quienes desbrozan caminos dentro y fuera de nuestra región, incluso para quienes no se declaren revolucionarios y aspiren, sencillamente, al bienestar de sus países.

Sí, la Revolución Cubana partió en dos la historia del continente, como nos dijera el entonces canciller de Venezuela Nicolás Maduro en entrevista concedida en el año 2008 al colega Roger Ricardo Luis y a mí.

No solo marcó una nueva etapa la irrupción por la vía armada, y a 90 millas del imperio, del primer proceso radical de cambio económico y social de nuestro hemisferio, en los tiempos modernos…

Ese «antes y después» en América Latina y el Caribe no habría sido realidad sin la posterior resistencia de Cuba frente a todos los embates; la ductilidad y el tino de su proceso para ajustar los pasos a dar sin perder su Norte (o más bien su Sur). Sí, ajustes y correcciones porque no somos perfectos y el socialismo, también lo sentenció el Comandante, es un proyecto difícil y todavía se construye…

La Revolución Cubana ha marcado un antes y un después, les decía, por su salvaguarda de la soberanía y la dignidad de la nación. Y eso hay que remarcarlo cuando se sigue intentando insuflar en nuestros países el deseo de un mentiroso bienestar atado a la más triste de las sumisiones.

«Objetivamente, la historia de América Latina no podría entenderse, o sería otra, sin la Revolución Cubana», recalcaba Maduro en aquella ocasión.

Y, claro. ¿Cómo podríamos hablar de Revolución Cubana sin Fidel?

Hombre aclamado y querido por las multitudes que saludaban su paso en cualquier país, Fidel será, cada vez más, referencia obligada.

Cuando uno relee algunos de sus muchos y enjundiosos discursos y artículos quizá sienta, por momentos, que la impronta de su pensar no iba tan marcadamente en dirección a Latinoamérica. Pero se trata solo de una «ilusión óptica» provocada por la magnitud de su humanismo.

Fidel, como Martí, pensó en todos los pobres de la tierra y nuestra región —en tanto entorno natural de Cuba— ha sido tan importante para él como relevante poner fin al apartheid y que se terminara de descolonizar a África. Él irradió hacia todo el Tercer Mundo.

Claro que sin él Latinoamérica sería otra mucho más dependiente y pobre la región donde se desbrozan, aun con todos los coletazos, argucias y agresiones de los poderes de siempre, caminos adelantados que, de momento, parecen ir en reversa cuando la región se adentra —hoy bajo nuevas amenazas— en ese nuevo mundo posible que, en la práctica, se traduce en el nuevo orden económico internacional por el que tanto clamó el Comandante en Jefe en diversos escenarios, y en esa convivencia solidaria que consideró insoslayable.

Sin ella, alertó Fidel en Declaración Conjunta con Hugo Chávez en diciembre del año 2004, no podría hablarse, en última instancia y con todas las de la ley, de verdadera integración.

…Y la integración, ya lo había sentenciado mucho antes, es imprescindible para que América Latina y el Caribe puedan enfrentar a «los grandes». Pero ahora se trataba de un paso superior.

«Dejamos claro que si bien la integración es, para los países de la América Latina y el Caribe, una condición imprescindible para aspirar al desarrollo en medio de la creciente formación de grandes bloques regionales que ocupan posiciones predominantes en la economía mundial —suscribieron ambos líderes en aquel documento—, solo una integración basada en la cooperación, la solidaridad y la voluntad común de avanzar todos de consuno hacia niveles más altos de desarrollo, puede satisfacer las necesidades y anhelos de los países latinoamericanos y caribeños y, a la par, preservar su independencia, soberanía e identidad».

Casi 13 años después, la entonces Alternativa y hoy Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) se sigue irguiendo como el proyecto de unidad más acabado de la región, aun bajo las presiones para que nuevos países no se sumen, como puede entenderse del golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras en el año 2009 y también, en alguna medida, de las guerras de cuarta generación.

Usando guantes de seda pero arremetiendo con todo desde diversos frentes (algunos, antes impensados, como el mediático o la extorsión financiera y alimentaria), los poderes fácticos protegidos y alentados desde Washington tratan de doblar el brazo a países como Venezuela, donde una reversión significaría un duro golpe a los mejores proyectos integracionistas que surgieron desde el ALBA y, además, le daría carta blanca a la nueva administración estadounidense para volver a campear por su irrespeto entre las naciones latinoamericanas, como lo fue hasta que los proyectos de verdadero cambio llegaron a la región, precisamente, después del triunfo de Hugo Chávez en Venezuela, y la edificación de la V República.

El poder de los parteros

Sobre el porqué no cesan de emerger los resortes que buscan los retrocesos, el Comandante en Jefe, previsor como siempre, nos dio anticipada luz.

A propósito de la Cumbre de las Américas celebrada en Colombia, y justo cuando daba sus primeros pasos la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) —esa evidencia de unidad en la más absoluta diversidad que la región debe seguir salvaguardando—, Fidel Castro manifestaba, en abril de 2012: «Tal vez la Celac se convierta en lo que debe ser una organización política hemisférica, menos Estados Unidos y Canadá. Su decadente e insostenible imperio se ha ganado ya el derecho a descansar en paz», después de una útil advertencia:

«Las transnacionales yanquis jamás renunciarán al control de las tierras, las aguas, las minas, los recursos naturales de nuestros países. Sus soldados debieran abandonar las bases militares y retirar sus tropas de todos y cada uno de nuestros territorios; renunciar al intercambio desigual y el saqueo de nuestras naciones».

Sabemos que Fidel poseía el don de encantar y el verbo fácil para hacer comprensibles los asuntos políticos o económicos más complicados a los más diversos auditorios.

Aún están frescos en la memoria sus encuentros con sectores sociales, sindicales, políticos  e intelectuales de Latinoamérica a principios de la década de 1980, para explicar la inmoralidad y la inviabilidad del pago de la deuda externa, en un entorno que Fidel previó haría trascendental al año 1985.

Al influjo de sus convicciones el continente no anglosajón también se concientizó y luchó desde abajo contra el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) propuesto en Miami, en la Primera Cumbre de las Américas, por el entonces presidente Bill Clinton, y que diez años después, en la cita de Mar del Plata, ese cónclave mandó (como diría Chávez: ALCA… rajo) con el decisivo impulso del líder bolivariano y de sus colegas Lula da Silva de Brasil, y Néstor Kirchner de Argentina, a los que se sumó el resto del Mercosur con la postura de Uruguay y Paraguay.

Después, los sojuzgados por la ola neoliberal de los años de 1980 y 1990 seguirían llevando al poder a Gobiernos más o menos radicales, pero enfilados en la defensa de la soberanía (que es lo mismo que decir antimperialistas), y en la justicia social.

Esos sojuzgados de siempre volverán a hacer lo mismo si hoy el imperio y la derecha tuvieran éxito en la vuelta de tuerca a la que la unidad se debe oponer.

Fidel ya lo había previsto en metáfora de fácil comprensión para las féminas de la región que lo escucharon, reunidas en el Palacio de Convenciones de La Habana, durante la clausura del Tercer Encuentro Continental de Mujeres, el 7 de octubre de 1988, a tenor del plebiscito celebrado dos días antes en Chile y durante el cual la mayoría de la población decidió, haciendo uso del voto, el fin del régimen del dictador Augusto Pinochet.

«[…] Pero estos cambios que se hacen imperiosos, inevitables, por las buenas o por las malas, por vías pacíficas o por vías violentas, porque no son los hombres los que inventan los métodos, es la propia vida, es el desarrollo de los acontecimientos… Si una mujer está en estado, tiene que dar a luz; a lo mejor es un parto suave, a lo mejor es una cesárea, con más dolor, con menos dolor. Pero este hemisferio lleva adentro la criatura de los cambios, y de los cambios profundos, y esos cambios vendrán con dolor o sin dolor.

«Ese parto será menos doloroso o más doloroso, en dependencia del sentido menor o mayor de la responsabilidad, de la menor o mayor sabiduría de los hombres que hoy ostentan responsabilidades públicas.

«Desde luego, los partos necesitan parteros y los pueblos son los grandes parteros de los cambios».

Tomado de Juventud Rebelde

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